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domingo, 15 de abril de 2018

Cien años de Peter Pan


«After a time he fell asleep, and some unsteady fairies had to climb over him on their way home from an orgy».
La proliferación fingidamente descontrolada de abejorros observada esta primavera en Kensington Gardens no es más que un torpe homenaje del MI5 al centenario de la publicación de Peter and Wendy. No van a ser estas apresuradas líneas las que descubran el infinito subtexto que rezuma la obra de J.M. Barrie, pero es evidente que los servicios secretos de Su Majestad, si bien han estado atinados al subrayar el protagonismo de Tinker Bell, es posible que hayan marrado a la hora de afinar la esencia del personaje. Claro que las pequeñas hadas de Neverland comparten cualidades con los abejorros pero, tratándose de espías, se habría esperado una mayor agudeza, aunque fuera solo visual, de su parte. Tinker Bell, tan atractiva como odiosa e incomprensible (y esto incluye tanto su lenguaje como su comportamiento), se ha ganado un puesto en el panteón de monstruos femeninos que combinan el espanto con la seducción sea por medio de la mirada, de la palabra o del canto: La Gorgona Medusa, la Esfinge, las Sirenas. De esta telúrica condición de las hadas nos deja J.M. Barrie una pista en la cita que precede a este texto, si (obviando las turbadoras imágenes que nos ofrece Google al teclear «tinkerbell porn» con el filtro desactivado) entendemos la palabra orgy en su acepción dionisíaca. Esta opción parece la más sensata a la vista de las abundantes referencias clásicas esparcidas por toda la novela, empezando por el apellido de Peter Pan. Bajo esta nueva luz no será difícil ver reflejados en él, en justa simetría, a Περσέας, Οιδίποδας y Οδυσσέας una frase que también parece dejada caer al azar, irrelevante como la anterior para el desarrollo de la narración, deja pocas dudas al respecto: «Fairies indeed are strange, and Peter, who understood them best, often cuffed them».
Abejorros. Por favor.

Arturo Pérez-Reverte y Walter Sobchak: una aproximación


Arturo Pérez-Reverte se dio a conocer para el gran público cuando cubría reportajes sobre conflictos militares allá donde Cristo dio las tres voces. Podríamos comparar su carrera con la de otros corresponsales de guerra del pasado que también ejercieron de novelistas, pero ni su literatura parece tan interesante ni creo que le sobreviva medio siglo. Arturo resulta, para el observador imparcial, más parecido a Walter; tronado compañero de El Nota en The big Lebowski, la película de los hermanos Coen. Con menos grasa y carisma, pero con la misma capacidad de convertirlo todo en una parodia sin pretenderlo e idéntico empeño en apuntalar sus opiniones sobre el hecho de haber presenciado balaceras y explosiones. No importa el asunto que tenga Arturo a bien tratar: educación, cultura, mujeres, colegas de profesión, jóvenes de hoy, políticos lloricas… los compañeros de nuestro académico murieron con la cara en el barro y por eso él sentencia (abrimos comillas) una aleatoria serie de fanfarronadas de barra de tasca (cerramos comillas).
Pérez-Reverte, uno de los referentes de las letras españolas, está ahora apoltronado en la Real Academia vendiendo libros como arroz venden los chinos a los jóvenes que deambulan de madrugada por la Gran Vía y escribiendo columnas en periódicos. No quiero teorizar sobre los motivos que han sentado a este personaje en la Academia por mucho que la reacción cabal a esta circunstancia sea plantarse frente a la cámara de seguridad del edificio y hacer un corte de mangas. Tampoco pienso aburriros con un profundo análisis de su obra literaria; esto último sería adentrarse en el resbaloso terreno de la crítica seria pero, si el propio Reverte declaraba en una entrevista para ABC que «a mí la calidad literaria, francamente, me importa un rábano», no me resta más que aplaudir su honestidad y reconocer que se nota: en mi escala personal oscila entre mala y lamentable. Admito que he leído muy poco al Pérez-Reverte novelista, aunque un simple acercamiento a cualquiera de sus libros ya basta para que tragarse su obra completa quede en la lista de prioridades de cualquier persona sensata muy por detrás de conseguir ejecutar el solo de Simpathy for the devil doblando graciosamente el brazo para tensar con los dedos los pelos de la axila y tañerlos con la otra mano. Por ejemplo. Contemplo la posibilidad de que con la práctica, los años, y quién sabe si copiando vilmente, haya sacado a la luz una prosa que, además de mantener tu atención, consiga desviarte la mirada hacia el infinito para reflexionar sobre algo muy profundo mientras ensayas un gesto como de estar masticando almendras amargas, pero no voy a enfrentarme a ninguno de sus nuevos libros. No deseo que mis prejuicios se vean alterados por saber de qué estoy hablando. Así que lo que pretendo analizar es la faceta de opinador profesional del personaje. Porque, por la fe en el género humano que aún mantengo gracias a que nos ofrece ejemplares de la calidad de Katy Perry, quiero creer eso, que es solo un personaje.
«A este café le falta un chorro de anís
y a la mesa una capa de grasa», parece pensar el académico.
No cabe duda de que las experiencias vividas en un conflicto armado superan en horror a enfrentarse cada día al transporte público madrileño, pero no estimo que justifique el tono sobrado y de estar de vuelta de todo que caracteriza a Reverte. En un artículo sobre La Marcha del Orgullo Zombi, critica con dureza y sus argumentos recurrentes a los participantes. Reverte parece pensar que sus compañeros no murieron con la cara en el barro (otra vez) para que un grupo de jóvenes se diviertan disfrazándose de muertos vivientes deambulando en grupo por la calle. Se me cae el alma a los pies de pensar en qué lleva a nuestro amigo a establecer este tipo de asociaciones. Afortunadamente escribo esto sentado y la distancia entre mi alma y mis pies no es significativa. Todo esto resulta aún más estrambótico si tenemos en cuenta que Arturo es un aficionado confeso a los wargames: concluimos que reunir a un grupo de hombres talluditos alrededor de un tablero para recrear batallas y dar salida al ardor guerrero llevando tropas a la destrucción no representa una falta de respeto para, sí, los compañeros que murieron con la cara en el barro durante guerras reales. Aclaro que a mí no me parece mal ni lo uno ni lo otro, aunque sí agotador y tremendamente aburrido.
Pero así es nuestro querido amigo. Uno se lo imagina escribiendo sus columnas despatarrado en el taburete de una tasca y escupiendo su desprecio por el hueco que le queda entre los dientes y el palillo que sostiene. A voces y con la axila muy sudada, como una suerte de Tomás Roncero pero en redicho. No es que este estilo me parezca censurable. Estamos hablando de un escritor español que ejerce su recia españolidad sin complejos. En un tono que conecta con cierto público, el que admira al opinante «con cojones», el que «dice lo que piensa», y lo hace a grandes voces y dando un puñetazo sobre la mesa. Independientemente de lo acertadas que sean esas cosas que diga y sobre qué las sostenga. A nadie parece incomodarle que la base de sus exabruptos sea su veteranía de guerra, siempre traída a colación sea cual sea la causa. Sucede, pongamos por caso, que una activista de un grupo ecologista inglés afirma sentirse violada por haberle ofrendado su frondosa flor  a un policía infiltrado convencida de que se trataba de un compañero, y ahí irrumpe él. Donde cualquier redactor con cierta experiencia internacional hubiera remarcado el valor del sujeto por sobreponerse a la repulsión y yacer con una nativa inglesa, Reverte se ciega y saca la pistola porque alguien ha pisado la raya en la bolera. Ha presenciado atrocidades, sí. Incluso al lector menos avisado le queda claro, aunque solo sea por reiteración. Si el haber sido testigo de ellas le otorga patente de corso para enredarse a voces con el prójimo faltándole al respeto, es algo que dejo al juicio de cada uno en gesto de democrático buen rollo.
«Que las musas me sorprendan ciscándome en alguien».
Podría agobiaros con toda una serie de ejemplos extraídos de sus muchas columnas o entradas de su blog, pero sospecho que con esta aproximación es suficiente. Tampoco es necesario añadir mucho más: difusión de sobra han tenido algunas de sus declaraciones sobre parlamentarios y políticos, ministros salientes que lloran como nenas o las mujeres de ahora, que no son como las de antes. Sobre este último asunto opinaba junto a su gran amigo, Javier Marías, otro elemento a vigilar y que andaba hace poco enfurruñado porque no le dejan fumar en los bares. Tras declarar hace tiempo que al navegar media hora por internet ya tenía calado el invento y era una cosa infame a la que no se volvería a acercar, solo me queda esperar que haga de su casa un fortín fumando lo que le dé la gana, incomunicado y sin ADSL. Con su amigo Arturo. Hasta que pasen mil años o me muera, lo que antes acontezca.

viernes, 13 de enero de 2017

Etiqueta pop

Tonti pop, twee pop, morning-singer pop… Alérgico como soy a las etiquetas, la primera de ellas me irrita por la facilidad con que la cuelgan, sobre todo, personas que no escuchan música más allá de los años 70, época en la que estos abuelos cebolleta amargados tuvieron sus primeros nietos. Voy a dar un repaso somero a ciertos grupos a los que en algún momento he oído que los cargaban con esa lacra, separando algunos totalmente prescindibles de descubrimientos sorprendentes.

Banda sonora de Super Ñoño

Ese tipo de música que solo consideraría épica el personaje de La hora chanante. En esta categoría entran temas y grupos que sí, que puede que te hagan balancearte al ritmo de sus canciones, pero la gran mayoría son empalagosos y pesados hasta decir «¡basta, parad, por el amor de Dios!». Citaré, por ejemplo, a Los Fresones Rebeldes, grupo de los años 90 con un nombre que, ya de entrada, no te hace suponer que estás frente a una formación musical seria. Su mayor éxito, Al amanecer, cuenta con estrofas de gran calado emocional, como esta:
Es que si estás cerca me siento mejor,
desde que te conozco estoy mucho mejor.
Sé que puedo amarte todavía mejor,
quiero que me ayudes con la respiración.
…Mejor, …mejor, …mejor, … ¡argh! El gran error es pensar que por ser melodías naíf, alegres y luminosas, la letra ha de ser sencilla, y sí, aquí «sencilla» es un eufemismo de «simple», «tonta». Pero se pueden componer temas que tengan un poquito más de enjundia o, incluso, autocrítica. Una de las grandes esperanzas del pop patrio de los últimos tiempos, Rusos Blancos, tiene canciones muy divertidas, como Carrera de lesbianas o, por ejemplo, Supermodelo (trending topic en Twitter hace unos días):
Esas chicas indis,
que bailan sin mover los pies.
Con sus sonrisas tristes que no te dejan ver,
que no cuidarán de ti,
que no te harán feliz.
Alguien tenía que decirlo, porque esto es así.
Corrosivas críticas como el que no quiere la cosa
Ocurre un curioso fenómeno con alguno de estos grupos de apariencia y voz inofensiva: en cuanto suenan los primeros acordes en un bar desatan la euforia, propiciando corrillos para corear el estribillo y generando altas cotas de exaltación de la amistad no difíciles de alcanzar, por otra parte, a ciertas horas de la noche. Son prácticamente himnos generacionales que encierran duras críticas a la sociedad y son cantadas a voces como declaración de principios. Entran en esta categoría formaciones musicales como Los Punsetes y La Costa Brava. De los primeros, escribo un fragmento de uno de sus grandes hits, Tus amigos:
Que le den pol culo a tus amigos.
Pasa de ellos y ven conmigo.
Tu trabajo me toca las pelotas.
Conmigo ya tienes de sobra.
Verdades como puños y una enmienda a la totalidad de las prioridades del común de los mortales. En cuanto a La Costa Brava, en su Adoro a las pijas de mi ciudad destila la más cruel de las ironías, destacando con sorna las virtudes de la existencia superficial de las muchachas jóvenes y ricas:
Su estilo de vida tan convencional
me produce tanta envidia.
Incluso el más cínico puede apreciar
la belleza de las cosas simples.
Un discurso moral que rematan con temas como El cumpleaños de Ronaldo (R9, no CR7), en el que supuestamente consuelan a cierta modelo que sufrió una infidelidad (bueno, o varias) en dicho evento. Geniales.
Sorprender es fácil, si sabes cómo
Es mi estilo favorito dentro de estas subcategorías. Me gusta encontrarme con letras que desafían toda lógica, ya sea por lo absurdo y disparatado de su propuesta, por la doble lectura de las canciones, o porque cuentan historias que no estamos acostumbrados a escuchar en mitad de una melodía.
Mecano publicó canciones como Hoy no me puedo levantar que bien podrían entrar en el primer apartado que he comentado anteriormente, pero también parieron extravagancias como Focas:
Focas, son el nuevo imperio.
Focas, tómatelo en serio.
Focas, dominando el mundo. Oooouoooh.
Focas, que se han hecho abrigos.
Focas, con piel de nativo.
Focas, ten cuidado amigo.
Y no se trata de un apoyo subliminal a la anorexia, sino que relataba una presunta hegemonía mundial de las focas, esos mamíferos gordos, malolientes, con bigote. Y aletas.
El oscuro mundo de los 80 nos traía también una maqueta exquisita (que hace unos meses me descubrió el gran DJ Patrullero) del grupo Ataque de Caspa, en la que se encontraba la originalísma Viaje a Egipto:
Siempre me interesó la entomología,
pero fue en mi viaje a Egipto
cuando descubrí el papiro de Saqqara.
Sus revelaciones sobre el culto al escarabajo,
me lanzaron a furiosos estudios entomológicos.
Mis conocimientos musicales no son enciclopédicos, pero me voy a sentar en la silla de generalizar y diré que entomología, Saqqara y papiro son palabras que nadie se ha atrevido jamás a concatenar en ninguna canción. Y en su tema La pesca nos sorprendían con más ingenio:
Supongamos por ejemplo
que una galerna destroza una parte importante
de la flota de bajura del Cantábrico.
¿Cuál será el efecto sobre el mercado de sardinas,
la destrucción de parte de los barcos?
No me imagino a Leonard Cohen planteando abiertamente estos espinosos problemas de microeconomía, la verdad. No soy el único que ha quedado boquiabierto con la maqueta, porque próximamente se va a publicar un vinilo con versiones de Ataque de Caspa a cargo de Los Punsetes, Linda Mirada, Triángulo de Amor Bizarro y Klaus&Kinski. Si antes comentaba mi aversión a las etiquetas, precisamente este último (que es uno de mis favoritos en la actualidad) tiene el dudoso honor de ser el grupo al que más coletillas han añadido a sus temas: bolero, pasodoble, folk, bossa nova, shoegaze… Son una suerte de Stanley Kubrick en lo musical, experimentando con cada una de las vertientes musicales y dándoles su toque personal. Una desasosegante y políticamente muy incorrecta ─según cómo interpretes la letra─ Mengele y el amor sirve como ejemplo:
Me gustaría probar sobre tu tersa piel
el efecto fatal de un potente abrasador,
que gota a gota de mi pecho brota orgulloso por la sed
de entrar a tu cuerpo a poseer tu íntima desnudez.
Y si prefieres aún te puedo inyectar lo que tú y yo sabemos,
puedo hacer de tu cuerpo un estuche de cristal.
Brr… que no pesquen a Nacho Vigalondo tarareando este tema y le pregunten «¿cómo se titula esa canción tan molona?».

martes, 20 de diciembre de 2016

Por qué

El Real Madrid vive una situación de «sálvese quien pueda» cuyo guion marca el azar del viento que le sople en la cabeza a la piedra angular de todo este desaguisado: José Mourinho. El portugués llegó el pasado verano al Santiago Bernabéu porque Florentino Pérez se encaprichó y pagó 16.000.000 de euros al Inter. Resulta curioso el cambio de parecer en estos años del presidente cuando antaño creía que los galácticos se entrenaban solos, que todo se reducía a poner los cromos en el campo. El ejemplo que lo ilustra todo es cuando despidió a Del Bosque mientras festejaba la Liga en el vestuario (antes había ganado dos Ligas de Campeones) para traerse a un señor de mirada azul, Carlos Queiroz, cuyo mérito hasta entonces había sido ser ayudante de entrenador.
El caso es que Pérez fichó a Mourinho de manera unilateral y personalísima pasando por encima de la persona que precisamente se dedicaba a estos menesteres, Jorge Valdano. El presidente, una vez más, se la tiene que envainar. Había dicho decenas de veces que él no entendía de fútbol y que esas decisiones correspondían a Valdano. Pues no: Valdano optaba por la continuidad de Pellegrini pero le traen a Mourinho. Tiene miga la cosa porque argentino y portugués andaban medio peleados por unas columnas en el Marca. «Quien no tuvo talento para jugar no cree lo suficiente en el talento para improvisar soluciones», mayo del 2005; «Mourinho es un carisma andante que no sabe muy bien lo que representa», 6 septiembre 2008. Así las cosas, la presentación del portugués fue tirando a rara. Que si ya lo hemos arreglado, que si está todo en orden… Valdano haciendo lo suyo y Mourinho sin disimular lo más mínimo. Si algo ha quedado claro es que el luso pasa de paripés.
Según avanzaba la temporada, Mourinho iba acumulando poder. Incluso más que el que se podía imaginar al principio. De hecho, no se recuerda un entrenador de la fuerza de Mourinho. La grada y la megafonía del Bernabéu se recrea con su buen nombre. Acumula todo el protagonismo por encima de las figuras del equipo. Todo con un discurso propagandístico lleno de incongruencias pero muy populista: la afición está a muerte con él. Lo que los muchachos de las bufandas del Madrid vociferan en los bares Mourinho lo hacía en directo, ante veinte cámaras de televisión y con repercusión en todo el mundo. La cuestión era buscar pelea. Un pimpampum continuo y semanal con el que pasara por allí: Pedro León, Preciado, Unicef, los árbitros. Uno de sus favoritos era Valdano, que era en teoría el jefe de Mourinho, pero que sufrió el mobbing de su subordinado. Primero le prohibió entrar en Valdebebas, después no le dejó viajar en el mismo avión que el equipo… El argentino pasó de ser el director general del Real Madrid, el segundo de Florentino, al encargado de atender a los micrófonos de Canal Plus en los descansos de los partidos con un sueldo anual de 2.400.000 de euros. Más que la mitad de los jugadores de la primera plantilla. En eso había convertido Mourinho a Valdano. Las cosas ya venían calentitas de antaño con aquello de los artículos periodísticos, pero que el argentino se negara al delirio de Mourinho de simultanear la selección portuguesa con el Real Madrid ya fue la gota que colmó el vaso: dejaron de tener comunicación alguna. Valdano se cansó de pedir reuniones a tres bandas con Florentino Pérez para solucionar el asunto pero su petición no fue atendida nunca. El día que Mourinho se encaró con la prensa, tras un plante de esta, salió ante todos y dijo a los micrófonos que solo hablaría con los directores de los medios. Curiosamente con su director, Valdano, no se cruzaba palabra.
¿Y Florentino qué hacía mientras tanto? Pues nada, a lo suyo; evangelizar el buen nombre del Real Madrid y el suyo propio. Es un ser superior, o al menos eso dice Butragueño. El error del presidente viene dado porque siempre se había rodeado de una serie de parapetos que absorbían todas las críticas y le hacían de muro defensor, a saber: Valdano, Sacchi, Pardeza... Tiene a Zidane, uno de sus adláteres favoritos, dicen que informador de excepción de vestuario a despacho en sus épocas de jugador. Pero no hay que engañarse, Zidane no pinta nada; es una figura para hacerse las fotos que no va a obstaculizar lo más mínimo la línea directa que ahora tiene Mourinho con Florentino. Lo dijo el técnico en marzo: «el discurso del rey Florentino es importante para mí». Pues con Valdano fuera, al rey se le han acabado todos los peones, todas las defensas. Que Mourinho decida ponerlo en jaque solo depende de él.
Lo dijo Guardiola y nos sorprendimos: «él aquí es el puto jefe, el puto amo».

Bildu 1 — Estrategia electoral 0

Está la cosa agitada con el tema de Bildu. ¿Son ETA o no son ETA? Para el Partido Popular y la derecha mediática, la cosa está clara: Zapatero quiere volver a sentar a los terroristas en los ayuntamientos. Financiación para pistolas y demás. ¿Estrategia electoral? Claro.
Hace unos días nos desayunábamos con la noticia de que el Tribunal Constitucional (TC) desautorizaba al Tribunal Supremo dando así validez a las listas de Bildu de cara a las próximas elecciones municipales y autonómicas.
Hay gente, mucha, que se lleva las manos a la cabeza. «¡Pero si Bildu es la ETA!», «¿Quieres pruebas?»

Joder, a mí me gusta más ver a un etarra pidiendo a la gente que vote en democracia que con una pistola en la mano, la verdad. En este caso la Justicia, con mayúscula, ha ido rápido. Y me alegro. Porque tenemos muy reciente un caso en el que no lo fue tanto. En 1990 nació el primer diario escrito íntegramente en euskera, Euskaldunon Egunkaria. Ojo que esto es importante, porque uno de los pilares de la acusación popular que se formuló en su momento, fue que si el periódico se escribía en euskera, tenía que ser proetarra. En 2002 la Fiscalía de la Audiencia Nacional (AN) acusó a los directores de Egin y Egunkaria de inducción al terrorismo por entrevistar a dos presuntos etarras. La AN decidió mantenerles en libertad sin restricciones. Un año después, por orden del juez Juan del Olmo, se detuvo a diez responsables del diario Euskaldunon Egunkaria; entre ellos, a su director Martxelo Otamendi, por su presunta vinculación con ETA. Se ordenó la clausura de las sedes del periódico en Bilbao, Vitoria y Navarra. Mencionar que hacerle eso a un periódico de tirada diaria es arruinar la empresa. La acusación la ejercían la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) y Dignidad y Justicia. El Ministerio Fiscal era parte, pero no formulaba acusación alguna. Este, en sus conclusiones definitivas, solicitó la libre absolución de los procesados. Siete años más tarde solo se mantenían cargos contra cinco de los diez directivos iniciales. Pues bien: la Audiencia Nacional absolvió a los cinco acusados del "caso Egunkaria" siete años después del cierre del periódico.
La sentencia al completo.
Perlas:
[…] No se ha acreditado que parte alguna del capital social u otros recursos fueran de procedencia ilícita. Tampoco consta envío o desvío de fondos o activos de clase alguna desde la sociedad editora o el diario a la banda terrorista E.T.A.
[…] “Euskaldunon Egunkaria” no publicaba editoriales como expresión de una determinada forma de pensar de sus editores o de las personas que lo realizaban diariamente, sin que conste que haya defendido postulados de la banda terrorista E.T.A., recibido órdenes de esta o que sus cuadros dirigentes, singularmente los procesados, fueran designados, estuvieran vinculados, colaboraran u obedecieran consignas de la citada banda.
[…] El cierre temporal de un medio de comunicación impreso de periodicidad diaria como medida cautelar es de difícil encaje en nuestro ordenamiento jurídico. La suspensión provisional no tiene cobertura constitucional directa, pues en la Constitución solo se regula el secuestro como injerencia de los poderes públicos en la actividad de publicaciones y otros medios de información, medida que exige una resolución judicial motivada, protegiendo así los derechos relacionados con la libertad de expresión e información (art. 20.5 y 20.2 CE) y prohíbe todo tipo de censura previa. La Constitución legitima al legislador orgánico para suspender los derechos a la libertad de información y de expresión en los supuestos de estado de excepción o de sitio, como recoge su artículo 55.1 y la ley orgánica 4/1981, de 1 de junio, que desarrolla dicho artículo, autoriza en sus artículos 21 y 32.2 a “suspender todo tipo de publicaciones”. Pero la Carta Magna no contiene igual previsión para los casos de delincuencia terrorista (vid, artículo 55.2 CE).
[…] Las acusaciones dan por supuesto que E.T.A. ha tenido que intervenir en la gestación, nacimiento y gestión del periódico en euskera Euskaldunon Egunkaria y, más allá de esto, que como la lengua vasca es un instrumento primordial para E.T.A. en su estrategia, y Egunkaria es el único diario íntegramente editado en lengua vasca, tuvo que nacer porque E.T.A. lo quiso, siendo sus gestores y cuadros directivos miembros o colaboradores de la banda terrorista. La estrecha y errónea visión según la cual todo lo que tenga que ver con el euskera y la cultura en esa lengua tiene que estar fomentado y/o controlado por E.T.A. conduce, en el proceso penal, a una errónea valoración de datos y hechos y a la inconsistencia de la imputación.
[…] En definitiva las acusaciones no han probado que los procesados tengan la más mínima relación con E.T.A. lo que por sí determina la absolución con todos los pronunciamientos favorables. Pero, más allá de esto, tampoco se ha acreditado ni directa ni indirectamente que el periódico Euskaldunon Egunkaria haya defendido los postulados de la banda terrorista, haya publicado un solo artículo a favor del terrorismo o de los terroristas ni que su línea editorial tuviese siquiera un sesgo político determinado, esto último, además, no sería delictivo. Por el contrario, incluso los miembros de la Guardia Civil que comparecieron como peritos reconocieron que no se había investigado si la línea del periódico era o no de apoyo a E.T.A., lo que hace incomprensible la imputación.
Pues vaya, al final no eran ETA. Siete años de juicio, muerte de un periódico, no sé cuántos trabajadores a la calle. ¿Y después? Después que se jodan, son vascos. Muy probablemente independentistas.
¿Ven por dónde voy?
Es muy posible que detrás de Bildu haya gente que ha apoyado a ETA en el pasado. Gente como el terrorista de la foto. Terrorista que ya ha cumplido su condena, por cierto. Lo bueno es que gente como ese terrorista está pidiendo el voto para un partido político que exige a ETA que abandone las armas y que rechaza cualquier forma de violencia para conseguir un objetivo político. Lo bueno es que el TC no ve ninguna ilegalidad para que Bildu se presente a las elecciones; no incumple una Ley de Partidos que fue formulada ad hoc para ilegalizar a Batasuna, fueran cuales fueran las siglas bajo las que se presentara. Además, esta Ley de Partidos dispone mecanismos para ilegalizar Bildu y desalojar a sus hipotéticos alcaldes, concejales y diputados de sus escaños si se demostrara que hay una vinculación con la banda terrorista.
Llámenme gilipollas, pero yo celebro que Bildu pueda presentarse a las elecciones. Ni de lejos comulgo con su ideario, pero creo en la democracia por muchas imperfecciones que tenga. Y creo en el derecho de que cualquiera pueda votar al partido político que mejor cree que le representa.

viernes, 16 de diciembre de 2016

¡Democracia real ya!

Plaza de Cataluña, Barcelona
El pasado domingo 15 de mayo ocurrió algo en Madrid. Parecía una minucia, una tontería; reunión de perroflautas a los que se disolvió como suele ser costumbre. Fíjense si fue nimia la cosa, que al día siguiente era muy difícil encontrar una sola referencia en la prensa escrita; en la edición de papel de El Mundo, por ejemplo, no se le dedicó ni una sola línea.

En las redes sociales, en cambio, el asunto ardía. Trending topic a nivel internacional. Y, claro, en las
Madrid
redes sociales es donde hay que buscar el germen de todo lo que está pasando. El movimiento 
¡Democracia real ya! nació en internet heredero de, entre otros, la plataforma #NoLesVotes. Con un manifiesto bastante claro y unas propuestas nada descabelladas: igualdad, solidaridad, derecho a la vivienda, a la salud, a la educación… lean, lean. Los lemas, el manifiesto, no buscaban ser concretos. Precisamente para aglutinar el mayor número de personas posibles.


Como les decía, desde las redes sociales se inició y por ellas se extendió. Lo que empezó como una manifestación de repulsa hacia el sistema político y económico en el que vivimos, derivó en una acampada en la Puerta del Sol de Madrid. Hora tras hora, el campamento improvisado fue ganando adeptos y se celebró otra manifestación espontánea a las 20 h del lunes 16 de mayo. El problema, para la delegación del Gobierno y la Policía Nacional, es que ya no era la típica manifestación de jóvenes de izquierdas a los que están acostumbrados a disolver a palos. Gente muy joven sí, de clase media, pero que no parecían de la villa de Vallecas. Viejos conocidos pertenecientes a distintos colectivos con mil y una batallas a sus espaldas, pijos, jipis, moderniquis, familias. Sí, familias; padres, madres, abuelos. Una representación de todo Madrid, vaya. Cómo será la cosa que dos días después hasta Carlos Fabra se sumaba, no en cuerpo pero sí en alma, a la manifestación. Y, claro, de pronto la policía no sabía qué hacer. Más bien, los encargados de decirle a la policía lo que tienen que hacer no sabían qué hacer. ¿Se imaginan la cara de Rubalcaba, si en estos tiempos de smartphones la policía carga y aparecen vídeos en YouTube de miembros de la Unidad de Intervención Policial (los antidisturbios de toda la vida) cargando contra gente que empuja carritos de bebé? ¿A menos de una semana de las elecciones? No way. Así que se optó por esperar a que llegara la noche y, con nocturnidad y alevosía, desalojaron a los acampados uno a uno. ¿Problema? La jodida gente es cabezota y decide volver. Encima parece que, lejos de disuadir, las acciones policiales animaron a que se uniera más gente.


Santander
El campamento creció. La manifestación de las 20 h, ya establecida con periodicidad, creció. Y llegó la Junta Electoral de Madrid y prohibió la concentración en el kilómetro cero porque «la manifestación puede afectar a la campaña electoral». Éramos pocos y parió la abuela.

Claro que puede afectar, ¿y? ¿Debemos limitarnos a los efectos producidos por mítines y ruedas de prensa sin preguntas de partidos políticos? Partidos políticos que en esta campaña estrenan una ley que otorga el tiempo en los medios de comunicación proporcional a los resultados obtenidos en las últimas elecciones. Es decir, al grande cada vez se le escuchará más y al pequeño se le tapa la boca. A fin de cuentas, a los políticos les va bien que los ciudadanos votemos cada cuatro años y el resto del tiempo estemos calladitos o viendo el fútbol. Pero parece ser que los ciudadanos no están de acuerdo y la concentración de Sol siguió creciendo. No solo eso: en otras ciudades de España comenzó a repetirse el fenómeno. Y parece que también más allá de nuestras fronteras.

¿Y los medios de comunicación? Pues desesperados. Si inicialmente no dieron bola al asunto porque la moda era Bildu para unos, una hipotética recuperación del PSOE para otros, por fin se dieron cuenta de que ni Dios les estaba haciendo caso y que lo que ahora vende periódicos es lo que está pasando en las plazas de la geografía española. De modo que ahora sí; portadas, debates, editoriales, lo que haga falta. El problema, para ellos, es que es un movimiento que no tiene cabeza visible, cosa que vuelve locos a los periodistas. Se están recogiendo las propuestas de cualquiera que pase por allí y rellene un papel. Cualquiera. Después, esas propuestas son agrupadas por distintos temas buscando homogeneizar mensajes parecidos. A raíz de esos temas, se organizan comisiones de distinto tipo: social, inmigración, infraestructuras, legal, comunicación… e intentan que, de puertas para fuera, solo los treinta y seis portavoces existentes sean la voz oficial de la concentración. En turnos rotativos e intentando que no se repitan demasiado las caras. Y todo el trabajo de las comisiones desemboca en asambleas públicas horizontales, donde primero se expone todo el trabajo realizado y después todo el mundo puede intervenir en su turno de palabra.

Los partidos políticos están intentando capitalizar el movimiento, pero de momento no lo han conseguido. Si bien el movimiento no se tiene por apolítico, sí que se declara abiertamente
Sevilla
apartidista. Se ha rechazado la colaboración de cualquier sindicato. Se han recibido llamadas de distintos políticos (
Pepe Blanco y Rosa Díez entre otros) y se han declinado amablemente sus propuestas de colaboración.


Hoy la Junta Electoral Central ha echado un órdago a las distintas concentraciones declarando ilegal cualquier tipo de manifestación durante la jornada de reflexión previa a las elecciones. El Tribunal Constitucional avaló en el 2010 la posibilidad de realizar concentraciones en esta clase de días si la posibilidad de influir en el electorado es remota. Desde el primer momento, en las asambleas se ha dejado muy claro que no se pide el voto para ni contra ningún partido político. Como ya he dicho, se consideran «apartidistas». Y en estos momentos se están buscando fórmulas para manifestar el descontento social el día de mañana.
Hablando ahora por mi generación, somos jóvenes que hemos nacido en una sociedad individualista y consumista y que, de pronto, nos vemos inmersos en una vivencia en peligro de extinción; la fuerza colectiva en torno al deseo de cambio. Las ideas que se escuchan en la Puerta del Sol son muchas, quizá demasiadas, pero hay algo latente bajo todas ellas: deseo de reparto de oportunidades económicas y mayor participación por parte de todos. Democracia real, vaya.
Barcelona

domingo, 11 de diciembre de 2016

Grandes secundarios: Richmond Avenal («The IT Crowd»)

Monty Python’s Flying Circus, Yes Minister, Red Dwarf, Blackadder, The office, Black books y tantas otras series sobresalientes a lo largo de las últimas décadas han ido elevando el género de la comedia británica hasta convertirlo en un auténtico tótem reverencial dentro de la historia de la televisión. The IT crowd, nacida en 2006 y con su quinta temporada pendiente de emisión para este 2011, ha sido una de las últimas piezas en unirse a tan prestigiosa edificación humorística. Aunque, eso sí, lo haya hecho desde el sótano. Porque es en el departamento de informática (IT: information technology) ubicado en los más profundo del edificio de Reynholm Industries donde se desatan las descacharrantes desventuras de Roy, el irlandés vago e inmaduro; Moss, el geek inadaptado e ingenuo; y la jefa de estos, Jenn, superficial, incapaz y obsesionada por hacer carrera en una empresa que prácticamente ignora su existencia. En un micromundo de personalidades extremas y situaciones disparatadas podría resultar inverosímil que alguien apareciera para sorprender por su excentricidad. Pero entonces apareció Richmond.

Richmond Avenal es el cuarto pilar del tan desequilibrado IT Department. Personaje episódico, se deja ver solo en algunos capítulos de las dos primeras temporadas pero tal es su carisma que es capaz de convertir cada una de sus apariciones en una exhibición bizarra y surtidor genuino de gags. Pálido y enjuto, siempre bajo ropajes negros, es trazado como una representación esperpéntica del perfecto gótico subcultural, a medio camino entre la parodia del vampiro clásico, la del fantasma de la ópera y la del Tim Burton de diseño. Melodramático, apocado y depresivo, viene a ser el anticlímax hecho humor. Permanentemente poniéndole la inesperada salpicadura negra al frenesí cromático que conforma la mezcla de personajes y tramas de The IT crowd. Pero como todo siniestro impostado, Richmond no siempre fue así.
Como se nos cuenta en su primera aparición en la serie, Richmond, unos años atrás, era un yuppie talentoso y trabajador cuyos méritos le habían llevado a una meteórica carrera en Reynholm Industries hasta convertirse en la mano derecha del presidente Denholm Reynholm. Todo iba como la seda, sintiéndose realizado ante los éxitos profesionales y con ambiciosos proyectos por comandar, hasta que una noche aciaga descubrió a Craddle of fith. Poco a poco, a golpe de canción de metal extremo, se fue produciendo en él la sombría mutación goth que finalmente hizo incompatible su labor entre las trajeadas mentes de la cúspide empresarial. Caído en desgracia fue degradado al departamento de informática, donde a su vez Roy y Moss, rápidamente hastiados de los lúgubres comportamientos de su nuevo compañero, lo relegaron a la «importante misión» de supervisar una pequeña y oscura sala donde se ubicaban los antiguos ordenadores centrales. Y ahí permaneció olvidado durante largo tiempo hasta que un día Jenn lo descubrió por accidente y lo invitó a volver al mundo de los vivos. De esta forma Richmond viene a personificar el inadaptado entre los inadaptados, el elemento último de la estructura social y laboral. Y desde ahí surge entrañable por desvalido, pero tenebrosamente cómico a la vez, para representar de manera magnífica el papel de payaso triste dentro del circo de The IT crowd. Una serie de visionado obligatorio que para aquella persona que no le funcione como genial divertimento existe una única solución a plantear: ¿has probado a apagar y volver a encenderlo?

sábado, 10 de diciembre de 2016

Radiografía de un fotograma: un buque sobre la arena

Un barco navegando sobre las dunas del desierto, visión irreal propia de un desvarío nocturno. O la alegoría del desierto como océano de arena. O también, más sencillo pero también más sorprendente: lo que el director David Lean soñó, imaginó, concibió o, simplemente deliró para mostrar que los protagonistas de Lawrence of Arabia, tras un largo camino, se encontraban finalmente ante el Canal de Suez.
Morbosamente enamorado del desierto, Lean acostumbraba a levantarse una o dos horas antes que el resto de miembros del rodaje de su obra maestra solo para poder contemplar en silencio los amaneceres en aquel paisaje monumental cuya belleza le absorbía hasta más allá de la sensatez. Cuando los actores y técnicos despertaban encontraban al director ya sentado en su silla, a solas, contemplando el horizonte sin pronunciar una palabra. Todos sabían que se había quitado horas de sueño —en un rodaje ya duro de por sí— solo para dedicarse a adorar el desierto consumido por una obsesión enfermiza.
El director meditaba durante horas con la mirada perdida en el panorama buscando perspectivas, ángulos, lugares desde los que obtener una vista del desierto lo más espectacular posible. Incluso para mostrar el Canal de Suez quiso David Lean que la arena, y no el agua, fuese la protagonista absoluto de la escena. Solo así, ardiendo en una fascinación casi sexual por aquellos desolados escenarios, pudo regalarnos todas esas hipnotizantes secuencias que hacen de Lawrence of Arabia el ejercicio paisajístico más poderoso de la historia del cine.
No es extraño que el carácter irreal, casi onírico, de estas secuencias tuviese un marcado impacto sobre un género en principio tan alejado de Lawrence of Arabia como lo es la ciencia-ficción, y no solo por la influencia de sus paisajes desérticos sobre películas como 2001: a space odyssey o la trilogía Star Wars. Steven Spielberg retomó de manera prácticamente idéntica la fantástica imagen de un barco en mitad del desierto en su célebre Close encounters of the third kind nada menos que para materializar la naturaleza anómala de una intervención alienígena. Tal era el poder de la imaginería de David Lean: visiones de este mundo que parecían propias de otros planetas.

Radiografía de un fotograma: «Once upon a time in the West»

La mirada del mal
Una inocente familia ha sido masacrada a tiros y solo un pequeño niño ha sobrevivido. Varios hombres, enfundados en largos abrigos y cuyos rostros no podemos ver, se dirigen hacia él dispuestos a terminar su trabajo. El crío —inmovilizado por el terror y con las lágrimas pugnando por brotar de sus ojos— les ve acercarse bajo los tétricos acordes de la sobrecogedora banda sonora. Es el final de los años 60 y pocas veces se ha visto una secuencia tan cruel en el cine: ¿realmente serán capaces de mostrar el asesinato de una pobre criatura en pantalla? El público empieza a imaginar las facciones, aún no mostradas con claridad, del sanguinario líder de la banda. Seguramente será un individuo de fealdad casi monstruosa con algún rasgo físico extraño que simbolice su inefable maldad interior.
«Jesus Christ, it's Henry Fonda!», así resumía el propio Fonda la honda impresión que los espectadores sufrían cuando la cámara giraba en torno al sádico líder de los asesinos y podían ver el rostro del actor que desde siempre había simbolizado la honradez, la rectitud y las admirables virtudes propias del Buen Hombre Americano.
Sergio Leone, director de Once upon a time in the West, se había empeñado en que Henry Fonda interpretase al villano de la historia, algo que el propio Fonda reconoció no entender hasta que vio la película terminada. Por eso, el actor se presentó ante Leone con la imagen que consideraba ideal para interpretar a un malvado prototípico: patillas, perilla que modificase su cara… y lentillas oscuras para ocultar el azul celeste de sus ojos; azul que el público asociaba instantáneamente con la bondad y candidez de espíritu que eran propias de sus papeles habituales. Al ver aparecer a Henry Fonda de esa guisa, Leone se puso frenético: «What is all this? Remove your contacts! It's your blue eyes that I'm paying for!»
Cómo no, Leone tenía razón. El propio Fonda se sintió sobrecogido al asistir a la proyección del filme, contemplando cómo era presentado su personaje: sus ojos azules ya no eran azul celeste, sino azul acero. Su rostro ya no era la representación de la virtud, sino la mismísima faz del mal. Su suave voz ya no era la voz de la justicia, sino el apagado tono de un asesino despiadado. Incluso su sonrisa había dejado de resultar ingenua, confiable y cercana. En un terrorífico intercambio de primeros planos, Henry Fonda sonreía de medio lado al pequeño niño… el niño a quien el más noble de entre los nobles héroes de la pantalla estaba a punto de asesinar a tiros.

viernes, 9 de diciembre de 2016

«Burbujas»

Se hace extraño reseñar algún trabajo de este autor empezando por casi lo más reciente y diferente de su obra, pero nos apetecía. Burbujas es quizás su obra más atípica y personal. Daniel Torres, de la nueva escuela valenciana, con su estilo de línea clara, es reconocido por personajes más de género como Roco Vargas, escritor-aventurero de un universo retrofuturista o Tom, el dinosaurio de cuentos infantiles. Pero con esta obra desplaza el acento del personaje a la historia, de lo eidético-fantástico a lo real-humano. Resulta muy fácil (aunque dependiendo de la quinta del lector) identificarse con el protagonista, todos podríamos ser Ramón: hombre cualquiera, que lleva recorrida media vida cualquiera, echa el freno al tener una epifanía reflexiva delante de una enorme pecera. Absurdo como pueda parecer, la metáfora resulta adecuada y preciosa; esta, y las subsiguientes con las que el autor invade al personaje para resolver el nudo gordiano de su existencia, inundará buena parte de esta historia con pensamientos (burbujas) que tratarán de dar aire a inquietudes vitales variadas. Repleta de apuntes biográficos y autobiográficos, el resultado final es una obra cercana, con puntos de humor y labrada con mucho cariño y sensibilidad. Burbujas es quizás tan necesaria en la misma historia del autor como en la del personaje y, muy posiblemente, lo ha sido o lo será en la de algún que otro despistado.

domingo, 4 de diciembre de 2016

La cuadratura del clásico

Barcelona y Real Madrid se olvidan del fútbol durante una dolorosa serie de cuatro partidos
Decía Gordon Strachan, futbolista escocés, que el fútbol es un juego muy sencillo pero los jugadores lo hacen complicado. Ojalá hubiera sido así en esta serie de clásicos, en los cuales las mayores complicaciones han surgido fuera del terreno de juego entre acusaciones, bravuconadas, denuncias cruzadas y llantos varios que jamás deberían permitirse en dos de los clubes más poderosos del mundo.
El Barcelona es el titán futbolístico de los últimos años. Orgulloso de sus cimientos, presume de cantera y de practicar un juego único en el mundo. Basándose en la posesión, la minimización de errores, la presión a la salida del balón y el juego rápido y sobre todo la excelencia, ha cosechado halagos de medio mundo. Sin embargo, su juego parece haberse enfriado en los últimos meses, aunque le ha bastado para clasificarse para la final de la Champions y, tras treinta y cuatro jornadas, tener al alcance de la mano la estratosférica cifra de los cien puntos en Liga. Una hazaña sin precedentes.
En la otra esquina tenemos al Real Madrid, un club impaciente cuya identidad se ha reinventado desde que Florentino Pérez decidió unilateralmente que el señorío madridista es básicamente todo lo que diga y haga José Mourinho. Florentino, que en el pasado reconoció como uno de sus mayores errores el haber sido demasiado permisivo con sus jugadores, incurre ahora, sin embargo, en el mismo error con Mourinho, sabedor de que es su última bala. El portugués ha conseguido generar polémica como ningún otro. Y, mientras tanto, también ha logrado dotar de excelencia defensiva a una plantilla de por sí portentosa y con una ofensiva tan vertical como asesina, valores que le han permitido hacerse con la Copa del Rey.
Para analizar esta serie de cuatro clásicos debemos remontarnos a un suceso que marcó a hierro estos recientes encontronazos: a finales de noviembre, un Mourinho osado y seguro de sí mismo y sus jugadores se presentó en el Camp Nou con un planteamiento loable por lo bravo y cuyas consecuencias fueron, no obstante, terribles. El resultado de cinco goles a cero no basta para explicar la superioridad que mostró el Barça aquel día. El Real Madrid volvió aturdido a su feudo, sintiéndose miserable ante un «hecatónquiro» del fútbol que hizo del Real su juguete.
Fotografías: Tsutomu Takasu
Defenderse con balón o defenderse sin él
Toda la ilusión que tuviera cualquier aficionado al fútbol de poder presenciar un espectáculo futbolístico sin precedentes se fue al garete por allá el minuto veinte del primero de los cuatro partidos. Un Real Madrid atrincherado frente a un Barcelona cauto servía como pronóstico para lo que sería una serie de partidos de ritmo mayormente procesional, en los que muy raramente nos dimos cuenta de estar viendo a los mejores futbolistas del mundo.
Partido de vuelta de Liga
Cinco meses después, en la sucesión de clásicos, un Real Madrid ya curado de humildad le regaló el balón al Barcelona en el primer encuentro de la serie, el de Liga. La ausencia de Mesut Özil, el genio alemán, ratificaba que si algo no quería ese día el Real era precisamente crear juego. Más bien lo contrario. Dos extremos y un delantero centro eran meros espectadores de lo que sucedía diez, veinte, treinta metros detrás de sus posiciones: se encerró el Madrid atrás, se encomendó a San Casillas y, desde lo alto de su muralla de siete defensas, gritó a sus asediadores que hicieran lo que quisieran, que ellos de ahí no se movían. Y el Barcelona, más que lo que quiso, hizo lo que pudo. Que fue poco, no tanto por la fortaleza de la estructura defensiva madridista como por la falta de ese punto de genialidad que caracteriza a la plantilla blaugrana pero que, desde hace unos meses, parece esquivar a sus jugadores. No ayudó tampoco un planteamiento inexplicablemente acomplejado por parte de Guardiola, que prefirió restar jugadores a su ataque, manteniendo atrás a los generalmente muy ofensivos laterales culés. Si bien el temor del Real Madrid se explica por el 5-0, el temor del Barcelona es inexplicable. Se limitó a mover el balón mansamente, esperando un error defensivo que raramente llegó y, cuando lo hizo, lo desaprovechó. Así pues, posesión se transformó raramente en ocasión, dando lugar a un partido en el que reinaron horizontalidad y juego bronco. Un miserable desarrollo para haber enfrentado al mejor club del siglo XX y al mejor del siglo XXI, cuyo resultado final fue de empate a uno.
Resultado pésimo para el Real Madrid, que se despedía ya de las opciones de Liga. Sin embargo, jugadores y afición lo celebraron como si hubiera sido una clara victoria. Una imagen dantesca, sin duda, pero lo que se celebraba ahí no era la Liga, ni el partido. Se celebraba haber hecho vulnerable a Goliat. Se celebraba volver a creer en sí mismos. Pese a recibir duras críticas por el pésimo juego ofrecido, algunas incluso de su propio club, como las de Alfredo di Stefano, salió el Madrid reforzado.
Fotografías: Tsutomu Takasu
Final de Copa del Rey
Aprendió Mourinho del partido del Bernabéu que debía adelantar la defensa y la línea de presión para permitir así a Xabi Alonso enlazar con Cristiano Ronaldo y Di María, dos extremos que salían disparados en cuanto el Real recuperaba la posesión. Le funcionó a la perfección y el Barcelona se quedó sin respuesta a la velocidad de ambos extremos, a la finura de uno y la potencia del otro. Solo un atento y ágil Pinto y la suerte impidieron que el Real Madrid se adelantara en el marcador antes de la prórroga.
El Barcelona, sin embargo, siguió tan tímido como en el Santiago Bernabéu. El mejor equipo del mundo, de repente, parecía tener miedo del rival. No ha logrado sus éxitos este Barça siendo tímido y, por supuesto, no logró nada en Mestalla. Desestimó sumar todos sus activos al ataque hasta que un Cristiano Ronaldo sobrenatural no le dio otra opción. Demasiado poco y demasiado tarde; el trofeo se fue a Madrid y, aunque maltrecho, llegó. Y sirve por una parte para salvar una temporada y considerarla de transición y por otra parte y quizá no menos importante, para eliminar el triplete de las fantasías de cualquier culé.
Así, un vigorizado Real Madrid avanzaba con paso decidido hacia los dos partidos de la Liga de Campeones. Sin embargo, el Barcelona, arrebatado de su identidad por un duro rival pero sobre todo por sus incomprensibles miedos, sentía que no podría llegarles la eliminatoria en un peor momento.
Con todo, un Barça decepcionante sigue siendo mejor que un Real ilusionante. Hoy por hoy, por lo menos.
¿Por qué? ¿Por qué nos robaron el fútbol?
Cristiano Ronaldo elevándose por encima del partido para hacer mortal al Barcelona y ganar así una Copa del Rey con denominación de primer trofeo madridista en tres años fue el prefacio que firmaron parte de los analistas y de la afición blanca para presentar una eliminatoria abierta, competida, con un Real Madrid reafirmado, despojado ya de lastres, y un Barça ahora terrenal, vestido con ropas de un favoritismo más modesto. Sin embargo, no siendo esa una previsión que acabara resultando del todo fallida, la escena previa que mejor hubiera enlazado lo ocurrido con lo que iba a suceder era definitivamente la de una copa aplastada bajo un autobús. Asistimos, en términos generales, a una serie de competición continental decepcionante con fútbol dosificado y excedente de polémica. Demasiado coche para tan poco motor.

Real Madrid – Barcelona (partido de ida): ¿por qué la guerra de los 90 minutos?
«Dos no juegan si uno no quiere» podría ser una forma particularmente simple de sintetizar en una frase lo ocurrido en el primer partido. Intentando resultar más precisos habría que decir que, si uno no quiso jugar, al otro tampoco le importó demasiado no hacerlo mientras le dejaran tener el balón. El problema añadido a la pretendida escasez de fútbol residió en que cuando lo apostado es tan valioso hay que pelearse mucho para que no se juegue nada en noventa minutos. Se cambió el deporte por la guerra durante y después del partido. Se rivalizó por sobrevivir y no por ganar. Aunque finalmente uno de los dos se llevara la victoria.
Mourinho, en el Bernabéu, y con una de las mejores y más caras plantillas del planeta fútbol, decidió que el mejor plan para pasar esta eliminatoria consistía en declarar nulo el primer partido: dejar su once parapetado en su propio campo, conceder el balón al rival y tirar de juego duro cuando los contrarios pretendieran acercarse a la portería de Casillas. Una austera ambición de cero a cero para doblar el valor de cualquier gol anotado en el segundo partido. Guardiola, en campo rival, con importantes bajas y el fortín del Camp Nou en el horizonte, dispuso que los riesgos serían los justos. El Barça controló el balón como siempre, lo usó sobre todo para defenderse ante un rival que no atacaba y se afanó con el toque en encontrarse alguna jugada de peligro a través de la barricada madridista. Las consecuencias fueron las previsibles: casi nada de fútbol, escasez de ocasiones y el partido extraviado en una batalla de brusquedad por parte del Real Madrid a la que varios jugadores del Barcelona respondieron con sobreactuación. Lucha y teatro en un remedo del peor wrestling americano. En esas, los dos máximos representantes de ambas posturas se encontraron en el minuto 62 y rompieron definitivamente el encuentro. Alves caído, Pepe expulsado y la polémica saliendo a borbotones del estadio. Ahora, con más espacios, el Barça por fin consiguió ser algo más profundo; lo suficiente para que de entre el vertedero de marrullerías al que había sido empujado el encuentro surgiera el Messi más genial y con un primer gol y un segundo golazo diera ventaja a su equipo en la carrera hacia Wembley.
¿Por qué la guerra de los seis días?
Los seis días que separaron los dos partidos, lejos de suponer un período de calma, se convirtieron en una grotesca hipertrofia de lo acontecido en la ida. Un Mourinho (autoexpulsado) blandiendo un arsenal de acusaciones envueltas en «conspiranoia» como forma de intentar justificar la derrota. Un Barça, agraviado por lo dicho, denunciando al entrenador portugués. Un Real Madrid contraatacando con denuncias a varios jugadores barcelonistas por actitud antideportiva. Una UEFA abriendo varios expedientes por todo lo sucedido. Los periodistas afines a cada bando a cañonazos de propaganda barata. Una repetición de una patada como auténtica plaga mediática. En resumen, un pandemónium de horrores extrafutbolísticos que acabó por quemar todo lo visto y llenó de humo lo que estaba por venir.
Barcelona – Real Madrid (partido de vuelta): ¿por qué el fútbol solo como medida desesperada?
Tras todo lo acontecido, el mejor elogio que se podía hacer a este partido es que fue sencillamente un partido de fútbol. Mourinho en un hotel y el Real Madrid más fiel a su dibujo habitual presionando por delante de la línea de mediocampo con pretensiones obligatoriamente más ambiciosas. La empresa blanca era complicada y el Barça negoció con ello. Sostuvo una vez más el juego a partir del toque aunque fuera sin demasiada creatividad por la voluntariedad madridista de encontrar rápido un gol que abriera la eliminatoria. Con el paso de los minutos como simple horario de oficina el afán blanco inevitablemente decayó, pecado en el Camp Nou que el Barça castigó con un rosario de ocasiones a través de Messi, que obligó una vez más a Casillas a sacar los guantes de héroe antes del descanso. Y entonces, justo tras la reanudación, un nuevo vórtice de polémica: jugada anulada antes de un remate a gol de Higuaín que consolidó todos los fantasmas conjurados por Mourinho y creídos por gran parte de la afición madridista, desquiciada definitivamente a continuación cuando Iniesta regaló un pase de gol a Pedro que este no desaprovechó. Estallido blaugrana y el pase a la final casi cerrado. Aun así el Real Madrid, siempre tenaz, decidió no hacerse el muerto y atacó probablemente como nunca en toda la serie hasta encontrar en jugada individual de Di María un remate a gol de Marcelo. A partir de ahí el encuentro se perdió en idas y venidas sin demasiado peligro y en una procesión de faltas señaladas contra el Real Madrid que acrecentó todavía más la indignación de sus jugadores contra el arbitraje. Y así, 1-1, sin relatos de épica ni dramatismos, el partido se consumió con el regreso de Abidal como multiplicador de celebraciones. El Barcelona había cumplido, ganó la eliminatoria. El Real Madrid no se responsabilizó de la derrota y volvió a renegar del partido bajo quejas conspirativas.
Conclusiones o el porqué de que nos robaran el fútbol
Una eliminatoria de semifinales de la Liga de Campeones es siempre un acontecimiento de atención y expectativas elevadas. Si además, en ella se dan cita Real Madrid y Barcelona con todo lo que arrastran de prestigio, rivalidad histórica, número de aficionados en el mundo y, para colmo, dos precedentes con competiciones en juego en los diez días previos, la dimensión del acontecimiento se eleva hasta lo inalcanzable. Es por ello que una vez que el fútbol no puede estar a al altura, el estruendo de la decepción tiene que ser forzosamente enorme.
Y después de todo solo cabe la sensación de que era lo inevitable. Porque el equipo que suele dotar de quilates al juego, corto ya de energías, no necesitó en ningún momento ir descaradamente a por el gol y se bastó en monopolizar un balón que, en la ida, el Madrid no quiso y, en la vuelta, apenas pudo conseguir. Un delirio messiánico durante pocos minutos bastó para crear la ventaja con la que seguir tocando y tocando para no asumir apenas riesgos. Siempre recelosos de un Real Madrid que compitió, que se recuperó de la herida del 5-0 de Liga, pero a costa de llevar el partido al territorio bélico. De plegarse primero a un secuestro táctico de su técnico y después, por necesidad, a un arrojo algo falto de fe; supeditando el pase a algún detalle casual que la suerte no trajo. Finalmente el Barça sobrevivió porque fue mejor con el balón y le sacó partido en varios de sus remates, mientras el Madrid decidió simplemente que fue peor con el árbitro y víctima ineludible de la UEFA. Más allá de que solo tirara tres veces a portería en toda la eliminatoria y, que en momentos de ofensiva durante el partido de vuelta, diera la sensación de que, con un sistema más protagonista capaz de explotar el talento de muchos de sus jugadores, podría haber conseguido salir victorioso de este cruce de semifinales independientemente del arbitraje. Un equipo encontró la final y el otro la excusa perfecta.
¿Y ahora qué?
Para el Barcelona la recta final de temporada se presenta como un último esfuerzo necesario para la obtención de una tercera liga consecutiva, ya casi garantizada, que eleve su hegemonía doméstica a categoría de dinastía, pero sobre todo como la oportunidad de preparar el asalto a su segunda final de la Liga de Campeones en tres años, una vez más contra el Manchester United. Una cita con la historia europea para consolidar definitivamente el exitoso proyecto barcelonista de los últimos años. La ocasión de seguir opositando con fuerza a mejor equipo de todos los tiempos.
Por contra, para el Real Madrid, los cuatro partidos de liga por jugar se reducen una vez más a un ejercicio de orgullo y dignidad competitiva para no acabar el curso bajo una atmósfera depresiva y hacer así buena la copa del rey obtenida, que en cierta manera ha venido a premiar el paso adelante que ha dado el equipo en lo deportivo respecto a las últimas temporadas. Seguramente Mourinho continuará, apoyado masivamente por la afición blanca a pesar de los muchos conflictos que ha generado, y se volverá a abrir ese paraíso de la ilusión madridista que suponen los fichajes veraniegos con la esperanza de potenciar la plantilla y que la próxima temporada por fin sea la del regreso de los títulos importantes.

viernes, 11 de noviembre de 2016

«青の時代»

A pesar de que el japonés tarado por antonomasia dejó un legado ingente, lo que conocemos de él en este país pertenece fundamentalmente a su última época. Por fortuna eso va cambiando y, en este caso, Cátedra ha recuperado uno de los trabajos del 三島由 más joven, en el que cuesta percibir el germen de lo que más tarde acabaría siendo el objetivo fundamental de su obra —esto es, el nacionalismo, la pureza, el rito de la muerte, fotografiarse desnudo lleno de flechas y darse gustico pensando en el seppuku—. Esta es una obra no trascendente pero interesante en la que el protagonista es un joven que, en el Japón de posguerra, abandona sus estudios para dedicarse a estafar a través de un sistema piramidal. Esta pérdida de valores, que es el mensaje principal, se justifica en parte debido a la época convulsa y alocada en la que le toca vivir unida a la particular (y escasa) conciencia social de la que hace gala el protagonista, que lo mismo teoriza con aplicar un férreo modelo matemático al sistema judicial, que se descojona de su primo —que lo quiere y respeta— en su puta cara. Toda esta crítica, no obstante, está salpicada de escenas cuasi-cómicas o, al menos, revestidas de cierto patetismo gracioso que sirven de sutil contrapunto a la trama. Una muy buena aproximación a la obra del primer 三島由.

lunes, 7 de noviembre de 2016

¿Es Messi mejor que Maradona?

Respuesta breve: no.
Respuesta razonada: dice Manel Estiarte en la entrevista que nos ha concedido que Messi es no ya comparable a Maradona, sino incluso mejor. No es el único que lo piensa y además da sus buenos motivos para ello; que pueden ser, en mi opinión, discutibles, pero que también son razonables. Yo pienso que Messi es, desde luego, el mejor futbolista de la actualidad, pero recalco lo de «actualidad»: entiendo que en plena fiebre de lo actual y en una disciplina de memoria histórica tan breve como lo es el fútbol los paralelismos favorezcan al jugador más reciente.
También dice Estiarte, suscribiendo un comentario que nos hizo Michael Robinson en ese sentido, que el actual Barcelona es el mejor equipo que ha visto jamás —y eso no lo voy a discutir porque posiblemente es uno de los más serios candidatos— y aquí es donde podemos empezar a desgranar las comparaciones: Messi puede hacer cosas excepcionales tanto a nivel técnico como a nivel estadístico (número de goles, por ejemplo) pero lo hace arropado por un equipo que cuenta en casi todos los puestos con lo mejorcito a nivel mundial. De hecho, contemplando el asombroso nivel del equipo en que juega, el que Messi no aportara su buena ración de goles y jugadas fantásticas sería bastante inexplicable. Imaginemos a Romario o Van Basten en este mismo equipo. El Barcelona es un equipo tan bueno que nadie podría comprender que Messi no se luciera lo suyo.
Pero Maradona jamás jugó en un equipo de semejante calidad. Nunca, ni de lejos. El mejor equipo donde estuvo fue precisamente el Barcelona, pero la hepatitis y la brutal patada de Goikoetxea, que un poco más y le retira del fútbol, impidieron a Maradona alcanzar la gloria en la ciudad condal. Sus mayores éxitos los consiguió en equipos que, en conjunto, palidecen al lado del actual Barcelona (e incluso al lado del Barcelona por el que él pasó) y, de hecho, no sería exagerado afirmar que, sin Maradona, eran equipos del montón. El Nápoles donde forjó su leyenda era básicamente una escuadra ramplona edificada en torno a él: no había Xavis o Iniestas que le pusieran las cosas fáciles. De hecho, era Maradona quien ejercía de Xavi o Iniesta para el resto del equipo, al mismo tiempo que hacía también de Messi. Lo más parecido a una estrella que Maradona tenía a su lado era el brasileño Careca, y eso no fue hasta su segundo Scudetto. Hablamos además de la liga italiana de los 80: catenaccio, defensas inmisericordes (en todos los sentidos) y un fútbol absolutamente opuesto a la fluidez que el actual Barcelona consigue (y que consigue no solo porque es un gran equipo, sino también porque el fútbol se ha «ablandado» —¡afortunadamente!— y las circunstancias se lo permiten). El fútbol de los 80 era duro, y hoy en día la prensa y el público montarían un auténtico cisco si en un solo partido los defensores sometieran a Messi a un 50 % de las faltas y patadas a las que sometían regularmente a Maradona.
Tampoco la selección argentina del 86 era un equipo memorable; casi todos los comentaristas coinciden en que el Mundial de México se convirtió en el mundial no de Argentina, sino de Maradona, y que fue prácticamente la única ocasión en que el talento de un solo jugador llevó a un equipo a la victoria (es decir, todo lo opuesto al fútbol de conjunto que le ha dado el triunfo a España, por ejemplo). Pero seamos justos y esperemos hasta comprobar qué puede hacer Messi en los mundiales del futuro. De momento hagamos la única comparación que podemos hacer: el Mundial de Sudáfrica de Messi deja mucho que desear frente al Mundial 82 de Maradona (que fue generalmente considerado una decepción, tanto era lo que también se esperaba de Maradona a los 22 años). En un solo partido del 82 —por ejemplo el de Argentina contra Hungría— Maradona demostró muchas, pero muchas más cosas que Messi en todo su pasado campeonato. Diego, lo vuelvo a recordar, tenía 22 años por entonces. La videoteca está ahí, por si alguien quiere hacer algo más que comparar sobre el papel y verlo con sus propios ojos.
La idea de la perpetua irregularidad de Maradona es un mito creado en los años en que efectivamente empezó a ser irregular. Pero antes de esos años, en su época de gloria, Maradona no fallaba. Y no fallaba porque no era un jugador de flases como lo pueda ser Messi; Maradona no era un delantero, ni siquiera un mediapunta: era un mediocampista clásico que no estaba cerca del área esperando balones sino por detrás, dándole balones a los que esperaban. Era alguien que estaba en equipos no muy excepcionales, que dependían constantemente del juego que él repartía y organizaba: si Diego no funcionaba, el equipo no funcionaba (eso difícilmente se puede decir de Messi y el Barça, desde luego, porque el resto del Barça puede jugar por sí mismo perfectamente). Maradona daba los pases para que otros siguieran la jugada, para que otros marcasen los goles. Aun así, con esa dependencia en torno a él, consiguió ganar títulos del Calcio y la copa de la UEFA, un torneo que por entonces era casi tan duro como la Copa de Europa, actual Liga de Campeones. Un Maradona irregular jamás hubiese conseguido títulos con aquellos equipos. Y por si fuera poco, amén de ser el corazón del equipo, tenía tiempo y talento para marcar también sus propios goles con asiduidad y regalarnos toda clase de jugadas individuales extraordinarias. Y creo que son esas jugadas individuales las que engañan a muchos haciéndoles creer que Maradona era «ese» tipo de jugador.
Cuando se equipara a Messi con Maradona se hace por las similitudes más aparentes en las cualidades técnicas individuales de ambos, que son excepcionales, pero muy especialmente por los regates y la conducción del balón. Visualmente, el estilo de Messi con la pelota recuerda mucho a Maradona, pero más allá de eso hay un hecho que la gente suele olvidar: no son el mismo tipo de jugador. No cumplen la misma función ni juegan en el mismo puesto. Maradona, necesariamente, necesitaba un repertorio técnico más completo. El gran Diego Armando —vuelvo a repetir la idea— era igual a Messi más Xavi más Iniesta. Literalmente. Hacía por sí mismo lo que estos tres jugadores hacen en conjunto y que no podrían hacer por separado. Sus regates o sus goles eran solo la parte más llamativa de su juego, pero después están su fantástica efectividad en todo tipo de pases (cortos, largos, triangulaciones o distribución… de cualquier tipo), su visión de juego, su capacidad para tomar decisiones de equipo en una décima de segundo y la manera en que podía conducir al resto de compañeros repartiendo el juego desde el círculo central. Y lo hacía continuamente, no a ráfagas. Todo el juego pasaba por él y eso es algo que Messi no hace en el Barcelona. De hecho, el propio Diego cometió el error de pretender que Messi ejerciera de Maradona en Sudáfrica: no funcionó, claro. No es una cuestión de edad o de que Messi sea aún muy joven para poder comparar con justicia: es que no son jugadores equiparables, no tienen funciones similares, no tienen repertorios idénticos. No es ese el juego de Messi; Lionel no es ni de lejos tan completo técnicamente como para desarrollar todas las funciones de su compatriota. Sería como pedirle que tire las faltas con el mismo venenoso peligro con que lo hacía Maradona: Messi no puede hacerlo, hay cosas que Diego podía hacer y él no. Y no hay nada de malo en ello, nadie puede hacer todo lo que hacía Maradona. En el Barcelona necesitan a varios jugadores para hacerlo. En el Madrid no lo están haciendo ni con varios jugadores. En cualquier equipo del mundo necesitarán a varios jugadores para siquiera intentarlo.
Y por último —más subjetivo, pero no menos importante— está lo que Maradona significa en la historia del fútbol y que aun con el beneficio de la duda, es bastante improbable que Messi lo llegue a significar algún día. Y también, cómo no y permítaseme la licencia poética, está el romanticismo. Messi es hijo de la Argentina pero alumno de la masía: ha crecido como debe ser, arropado en una de las mejores escuelas del mundo —si no la mejor— y juega, también como debe ser, en el mejor equipo del mundo. Es como el Lewis Hamilton del fútbol. Pero Maradona, también hijo de la Argentina, es en cambio producto del ignoto Cebolllitas y, básicamente, alumno de nadie. Su talento natural floreció por sí mismo en medio de los más agrestes orígenes y, como si lo agreste fuese su destino, alcanzó la gloria siempre en circunstancias futbolísticas adversas. Ni siquiera tuvo el lujo de debutar directamente en un equipo de renombre mundial como su amado Boca, sino que tuvo que empezar a asombrar al mundo con la camiseta de Argentinos Juniors. Nadie tuvo la necesidad de preguntarse: «¿podría hacer lo mismo Maradona de no jugar en un equipo excepcional?» porque él no gozó de la ventaja de jugar en equipos excepcionales. Si imagino a Maradona rodeado de Xavi e Iniesta y esperando cerca del área en vez de repartir el juego del equipo… bueno, ni siquiera puedo imaginar algo así. No: Messi es muy grande, pero no es Maradona.
Lo único que sé es que las comparaciones comenzaron a dispararse con aquel magnífico gol de Messi al Getafe que recordaba tanto al famoso «gol del siglo» de Maradona. Solo que Maradona lo hizo contra Inglaterra —no contra el Getafe—, en la eliminatoria de un mundial —no en la Copa del Rey— y en la tensa revancha de la guerra de las Malvinas —no en una rutinaria ronda de competición nacional entre dos equipos muy desiguales—. Cuando se dice que es injusto olvidar que Messi es aún muy joven para comparar, yo me pregunto, en cambio, si es más injusto olvidar que para poder poner a un jugador en la misma frase que Diego Armando Maradona, ese jugador ha de demostrar lo prácticamente indemostrable. Yo soy el primero que anhela ver aparecer a un nuevo Maradona. Pero aún no lo he visto.
También me gustaría creer en Dios, pero tampoco lo he visto.
O sí.